Mar Menor

El Mar Menor o Albufera de Cabo de Palos, como era conocida esta laguna hasta mediados del siglo xvii, ocupa una depresión situada en el fondo de la amplia cuenca del Campo de Cartagena, separada del Mar Mediterráneo por la Manga, una barrera arenosa de 24 km de longitud y una anchura variable entre los 100 y 1500 m. Sus singulares características geográficas, con una extensión de 135 km2, una profundidad media de 4 m y más de 70 km2 de perímetro costero, convierten el Mar Menor en la mayor laguna litoral de Europa, albergando diversos humedales, playas y arenales, cabezos e islas de origen volcánico. Su climatología, definida por altas temperaturas medias anuales, escasez de precipitaciones, alta insolación y evapotranspiración; y sus especiales condiciones ecológicas, que le confieren una alta salinidad y acusados contrastes térmicos en sus aguas entre invierno y verano, convierten esta laguna en un enclave de incuestionable interés científico, imprescindible para conocer los ecosistemas mediterráneos.

Sin embargo, pese a que el Mar Menor se incluyó en 1994 en la lista de Humedales de Importancia Internacional creado el Convenio de Ramsar (humedal Ramsar núm. 706), la laguna ha sufrido, a lo largo de su historia, un marcado proceso de transformación antrópica que ha ido degradando progresivamente sus características físicas y naturales. La expansión del turismo en la década de los 60, convertido hoy en miles de visitantes estivales, se tradujo en roturaciones, vertidos y drenajes que han reducido su superficie, perímetro y profundidad. A esta colmatación de la laguna contribuyen, inexorables, el arrastre de sedimentos procedentes de la actividad minera y la deforestación a través de las ramblas que desembocan en el Mar Menor. Las obras costeras han alterado humedales, riberas y ensenadas, y los dragados para extraer arenas han contribuido a alterar los fondos marinos. La contaminación derivada del aumento de residuos orgánicos y fertilizantes ha provocado la pérdida de calidad de sus aguas y la disminución de producción pesquera, con la práctica extinción de especies autóctonas, como los langostinos o los caballitos de mar, que han sido sustituidos por una plaga de algas tóxicas, medusas y otras especies invasoras. La periferia de la laguna ha sido objeto de un proceso urbanizador ambicioso y descontrolado que, junto con la saturación urbanística, ha devastado los sistemas dunares provocando la regresión de las playas. La ausencia de una correcta planificación se erige como causa principal de las drásticas carencias en los sistemas de saneamiento y depuración de los municipios costeros, y  de la falta de adecuados sistemas de drenaje de los regadíos del Campo del Mar Menor, que obligan hoy a la construcción tardía de grandes infraestructuras que alteran espacios naturales protegidos.

Este daño ambiental histórico, cuya causa principal fijan los expertos en el vertido de aguas y residuos urbanos y agrícolas, la filtración procedente del subsuelo rica en nitratos, el aumento de la acuicultura, la acción de las líneas marítimas en el entorno, o el cambio climático, se ven acrecentados por un modelo agrícola y una demanda continua de agua consentidos por una planificación y gestión deficientes. Esto no es nuevo, la Manga del Mar Menor lleva ocupando titulares alarmista desde hace más de 20 años sin que las Administraciones competentes hayan recogido el guante. Por eso, no puede sorprender que lo que antaño fue un paraíso, merecedor de la mayor de las protecciones, nos brinde hoy titulares como “El Mar Menor, cada vez más cerca del límite”; “El Mar Menor al borde del colapso”, “¿El último año del Mar Menor?”; “¿Se muere el Mar Menor?”.

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